El 21 de noviembre de 1970, un
satélite espía de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos que
orbitaba la Tierra a una altura aproximada de 185 km sobre la superficie de
Sonora tomó una serie de fotografías estereoscópicas en las que quedaron
registradas las condiciones geográficas de las sierras y los desiertos del más
fronterizo noroeste mexicano. Como vestigios espectrales de geografías pasadas,
aquellas imágenes tomadas desde el silencio de la termosfera a principios de la
década de los setenta permiten acercarse a reconocer algunos territorios hoy
completamente desfigurados por el feroz
avance neoliberal de la minería a cielo abierto que, durante las últimas décadas,
ha hecho estragos en los ecosistemas serranos de México. Uno de los ejemplos
más trágicamente representativos de dicho fenómeno es el caso de la sierra La
Elenita, ubicada sobre la estela de sombra dejada aquel día por el satélite en
el municipio de Cananea, Sonora.
Como en pocos lugares del planeta, en La Elenita se
hace evidente que esta eléctrica y tardía modernidad que habitamos —tan desbordada
de algunas opulencias e incontables miserias—ha sido también una reformulación,
una secuela voraz, de la Edad del cobre; un día sí y otro también, detonaciones
de explosivos de enorme poder destructivo abren los tajos a cielo abierto que
penetran cientos de metros por debajo del fantasmal horizonte que un día
dibujaran sus cerros, hoy borrados y hechos escombros, cables, tubos, circuitos
eléctricos... Monstruosos camiones de más de siete metros de altura, empequeñecidos
ante la escala de la destrucción, suben y bajan como hormigas por las paredes acarreando
roca molida por las brechas que, entre nubes de polvo, se han ido ensanchando a
costa de miles de hectáreas de bosques, mezquitales y pastizales.
Considerada por algunos como una
“isla en el cielo” —una tierra que se levanta con sus cerros sobre un mar de
aridez y en donde los árboles, cada vez más arrinconados, pueden crecer alto—, La
Elenita ilustra dramáticamente los efectos que el extractivismo desbocado ha
tenido en México sobre aquellos ecosistemas asentados en los territorios en los
que, en últimas décadas de neoliberalismo, se ha dado rienda suelta a la
cosmofagia de los grandes capitales mineros. Los dos hombres más ricos de
México, Carlos Slim y, de manera notable, Germán Larrea y sus socios[1] tienen importantes inversiones en La Elenita y sus alrededores; Son ellos los perpetradores
y principales beneficiados de la destrucción cotidiana que durante los últimos
años ha ido desplazando y aniquilando ejemplares y comunidades de diversas
especies vegetales y animales que tenían su hábitat en esta profanada serranía. [2]
Ubicada a cuarenta kilómetros de
la frontera entre Sonora y Arizona —en un territorio habitado desde tiempos
inmemoriales por el hoy exterminado pueblo Ópata—, La Elenita ha sido tratada
desde el siglo XVII como un pozo de saqueo por las élites que desde aquel
entonces comenzaron a tomar gradual posesión de sus tierras y aguas y así han ido
dictado las formas en las que el paisaje habría de irse modelando y remodelando,
muchas veces con el objetivo de despanzurrar sus montes para extraer de sus
entrañas las riquezas minerales que estos han guardado dentro de sí por decenas
de millones de años. [3]
Durante los primeros dos siglos
desde la puesta en marcha de actividades extractivas en la región, los objetos
codiciados por los gambusinos y colonos que se acercaban a sus sierras buscando
riquezas fueron, casi por norma, el oro y la plata. Sin embargo, con la gradual
electrificación de muchos componentes del sistema productivo en las economías más
industrializadas e imperialistas del mundo durante la segunda mitad del siglo
XIX, la demanda por cobre creció significativamente, ampliándose así el abanico
de minerales a codiciar. El alza en la demanda por ese mineral en los mercados
internacionales condujo a diversos inversionistas europeos y estadounidenses a financiar
exploraciones y, ahí donde resultara lucrativo, desarrollar explotaciones en grandes
yacimientos cupríferos en México, siempre con la connivencia del gobierno
entreguista de Porfirio Díaz. Fue en ese contexto que el
gambusino estadounidense devenido posteriormente en magnate asesino William
Cornell Greene estableció en las faldas de La Elenita —asentada también en la
sección más meridional de una región hoy conocida por los geólogos como el Gran
conjunto cuprífero, una de las zonas más ricas en yacimientos de cobre en
el mundo[4]—
una operación extractiva a gran escala operada por la Cananea Consolidated
Copper Company, compañía de su propiedad.
[1] Algunos magnates y socios de Germán Larrea que han tenido participación en la
junta de administración de Grupo México son: Claudio x. González Laporte,
Antonio Del Valle Ruiz, Rolando Vega Sáenz, Carlos Rojas Mota Velasco.
[2] Slim y sus socios en la minera Frisco
explotan actualmente la mina María, en la sierra La Mariquita, contigua por el
norte a La Elenita.
[3] Se
estima que los yacimientos de cobre de la Sierra La Elenita se formaron por
procesos de mineralización que acabarían por consolidar pórfidos cupríferos
durante las etapas más tempranas del Cenozoico, hace aproximadamente 52-60
millones de años
[4] Véase mapa.
*Dedicado a la
memoria de María del Carmen Pellat Sotomayor, historiadora y cronista sonorense asesinada en 2015 despué de denunciar la historia de contaminación del Río Sonora derivada de actividades mineras.